Los dos príncipes de José Martí: texto, intertexto y contexto

Los dos príncipes de José Martí: texto, intertexto y contexto

  • De manera general en el poema prima la descripción circunscrita al tema y al asunto. Foto tomada de Habana Radio
    De manera general en el poema prima la descripción circunscrita al tema y al asunto. Foto tomada de Habana Radio

En el segundo número de La Edad de Oro, luego de La historia del hombre contada por sus casas aparece el conocido y ampliamente estudiado romance Los dos príncipes, como desprendimiento peculiar acerca de la misma idea que maneja el artículo que le precede: la esencia humana es una sola, “el hombre” no sólo es “el mismo en todas partes, y aparece y crece de la misma manera y hace y piensa las mismas cosas”[1], sino que también la muerte iguala a todos los hombres más allá de su extracción social.

Vemos cómo en la revista, en sus números propiamente, ningún aspecto ha sido descuidado. Todo transcurre, todo vive en ilación. Los mismos mensajes se van amplificando y redondeando. Los poemas van siendo como extractos o derivaciones de las lecturas contiguas. Poco a poco, en términos de sucesivas lecturas y de años, se va mostrando al niño —al joven— al adulto que la poesía es, entre otras cosas, una síntesis de la vida.

Con gran profundidad han sido estudiadas las relaciones entre el poema propiamente dicho y el texto original, llamado The Prince is Dead, de la escritora norteamericana Helen Hunt Jackson (1831 -1885), así como las huellas de la tradición poética hispánica del texto de Martí. En este texto no deja de asombrarnos el sonsonete del romance que va del oído lentamente al corazón, y convierte en reinas cotidianas a las palabras más inverosímiles en la boca del niño, convenciéndole de que “la poesía fundamenta la memoria”.[2]

Quisiéramos destacar también la honda capacidad de conmoción del poema, su lograda atmósfera de tristeza, así  como el contraste entre los atributos de riqueza y la realidad enervante de la muerte (palacio, trono, pañuelos, de holán fino, señores, penacho y arnés de los caballos, coronas de laurel). Dichos atributos a pesar de su prolijidad, de su abundancia, nada han podido contra un hecho: la muerte. La cualidad de la pobreza se trasmite a través de elementos de la naturaleza  (álamos del monte, ovejas, perro, pajarito, tierra) y otros elementos muy directos: “pala y azadón”,  “fosa en la tierra”, una “flor en la fosa”. Aquí una vez más la naturaleza está en función de las vivencias. Nos llama la atención también la sutileza de las afirmaciones que hace el hablante lírico al final de cada una de las estrofas que forman el poema. No tiene el mismo matiz la que alude al rey y la que alude al pastor. La que alude al pastor es más desolada, la del rey es más objetiva. De manera general en el poema prima la descripción circunscrita al tema y al asunto.

El estudioso Salvador Arias ha hallado en las crónicas norteamericanas escritas por Martí entre los años 1888 y 1889, cuando fue concebida y publicada su revista para niños, varios de los motivos que inspiraron a Martí sus poemas de La Edad de Oro. El investigador apunta en un ensayo  publicado en el Anuario del Centro de Estudios Martianos n. 20, que la crónica “Johnstown. El valle, el torrente”, publicada el 26 de julio de l889 en La Nación es una especie de antecedente del poema Los dos príncipes. En dicha crónica puede leerse esta línea electrizante: “Los que no podemos explicar el mundo, debemos acatarlo”. Y seguidamente: “Mi hijo se me murió en la inundación: mi hijo, hijo de mi alma. Mi hijo salió volando de la inundación y está vivo en mi alma”. (p. 325)

“Mi hijo salió volando”, “llévame donde él voló”. Estas dos expresiones, correspondientes cada una a los textos que se relacionan, dialogan, como el otro apotegma citado. El fragmento de la crónica refiere reflexiones amargas relacionadas intimamente con el plano ideotemático de Los dos príncipes. Allí los dos pequeños son príncipes también por niños, pero sobre todo por su condición de hijos, siempre tesoros inestimables para los padres — recuérdese el singular apelativo que Martí dedica al suyo: “príncipe enano”, o aquel “hijo de mi alma” que casi puede leerse íntegramente en el fragmento citado de la crónica aludida, y deducirse con toda la profundidad de su sentido en el romance martiano—.

A esta altura de nuestro análisis, o mejor dicho, de nuestro viaje a través de estos testigos y tesoros de nuestro aprendizaje nos damos cuenta de la importancia de los títulos, como piedras de toque para el razonamiento poético, la didascalia, para el despliegue hilado de los elementos connotativos. Hay un proceso de “construcción del texto” por la mente infantil donde el título opera como metáfora de fondo —es el caso de Los dos príncipes y Dos Milagros, o como costado jugoso de la moraleja en Cada uno a su oficio —.