Charlize Theron, “monstruosa”, en filme del ciclo “Emisarios del mal”

Charlize Theron, “monstruosa”, en filme del ciclo “Emisarios del mal”

  • Fotogramas de la cinta. Fotos tomadas de Internet
    Fotogramas de la cinta. Fotos tomadas de Internet
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El ciclo fílmico Emisarios del mal, que forma parte del Festival de Cine de Verano 2018 del ICAIC durante este mes de agosto, integra en su lista al largometraje Monster, dirigido por la realizadora Patty Jenkins en 2003 al servicio absoluto de la actriz Charlize Theron. A propósito de dicha exhibición, proponemos la siguiente reseña.

El 9 de octubre de 2002 fue ejecutada Aileen Wuornos, “la primera asesina serial de los Estados Unidos”, así calificada por los medios locales. Una década atrás —muy poco después de ella ir a prisión tras matar a siete de sus clientes— Nick Broomfield había realizado el documental A.W: The Selling of a Serial Killer, en el cual exponía cómo familiares, amigos y policías querían sacar beneficios a partir de la venta de derechos o información sobre la famosa prostituta de carreteras.

En 2003, el propio documentalista filmó otro material titulado Aileen: Life and Death of a Serial Killer, fundamentalmente sobre la base de la entrevista que ella le concediera la víspera de la ejecución, donde sacaría a flote la infancia sometida a abuso sexual y todo tipo de vejaciones de quien, siendo una niña de nueve años, ya cambiaba cigarrillos por favores carnales.

Este documental, donde Broomfield impugna la pena de muerte y, entre otras cosas, pretende probar que la victimaria actuó presa de la locura, fue criticado en los Estados Unidos por “explotar” demasiado tanto al caso como a la persona de Wuornos.

Todo lo contrario sucedió cuando —casi paralelamente a dicha pieza— se estrenó Monster, otra obra sobre la figura, ahora desde la óptica de la ficción.

Sin embargo, en la casi mayoritariamente aclamada película escrita y realizada por  Patty Jenkins, esta directora debutante establece elevadas cuotas de empatía emocional con la asesina. Al punto de que no solo se limita a hacer comprender al espectador las presuntas o reales razones por las cuales tuvo tan siniestro comportamiento —la respuesta personal al castigo infligido por la sociedad y los hombres resulta la lectura más evidente—, sino que tampoco toma un distanciamiento ante la comisión por parte del personaje central de hechos de ningún modo justificables.

No es que Jenkins llegue a la insensatez de respaldarlos, mas tampoco los rebate. Hay una delgada línea en abordajes como este, fácil de quebrar si no se para mientes en que comprensión y humanismo no pueden confundirse con una solidaridad fuera de lugar.

A la identificación del receptor con un personaje a quien nos “conectan” inextricablemente a partir del empleo de su propio punto de vista, nos conduce la guionista-directora a través de la concepción toda del relato: el efectista comienzo donde Aileen está a punto de reventarse el cráneo de un tiro por su sufrimiento vital; el brutal castigo físico que le propina el primer tipo que mata y la inevitable defensa de la agredida; el dinero que le demanda su pareja homosexual, la joven de 18 años Selby Wall (Christina Ricci en la película, aunque en la realidad dicha compañera sentimental se llamaba Tyria Moore) para continuar su vida errante de moteluchos y carretera...

Aileen opera como el proveedor en esta relación, de modo que como le cierran las puertas para trabajar honradamente —cosa que Jenkins se encarga de recalcar en una escena de rechazo laboral, fortísima desde el punto de vista emocional— debe seguir prostituyéndose y robándole a sus víctimas, para que sobrevivan los cuerpos y el romance de ambas mujeres.

Pero el caso es que, salvo el primer malacabeza a quien no tuvo más remedio que despacharse, todos los demás asesinados por ella ni le hicieron daño ni fueron los culpables de su desgracia personal. O sea, que la mayor parte de la hilera de asesinatos la comete por odio, rencor,  venganza o simple placer; no por autodefensa.

A Monster, en este sentido, le sucede algo parecido que a otras películas como The Woodsman (Nicole Kassell, 2004), Una (Benedict Andrews, 2016) o hasta incluso The Tale (Jennifer Fox, 2018), estas tres sobre pederastas. Y es que los directores resultan tan políticamente correctos en su “tratamiento” del tema y “enfoque” del personaje, que dejan abierta una línea de ambigüedad, la cual al menos a quien escribe no le complace para nada.

Por lo demás, este drama le funcionó bastante bien a la Jenkins, la futura directora de Mujer Maravilla (2017), quien da muestras de una fluidez narrativa exenta de varios de los remiendos o tropiezos de las operas primas; además de brindar excepcional muestra de conducción de actores a un cuadro de ellos no menos extraordinario, en el cual indudablemente sobresale la aquí impresionante Charlize Theron.

Sometida a varios procesos paralelos de desglamorización, reconstrucción física a través del maquillaje de Toni G., aumento de volumen...,  la toda sexualidad ex modelo y bailarina sudafricana adopta una transformación integral de ademanes, maneras, engolación vocal, rusticidad: simple y llanamente fenomenal, por la que no le quitaba el Oscar ni el mismísimo De Niro si volviera a engordar 40 libras para su Jake La Motta de Toro Salvaje.

Era, sin dudas, el año de Charlize (sobre todo si se tiene en cuenta el rasero evaluador de interpretación de la Academia). Pero no el año de Monster. Se trata, nada más, de otra de esas actuaciones extraclases en una cinta no mediocre pero sí desigual.

Recordar antes del cierre, eso sí, que quienes creyeron que lo de Charlize acá fue pura casualidad, se equivocaron de a pleno. El suyo constituye uno de los no muchos casos en la historia del cine de antiguas modelos que luego fueron buenas actrices. Quien todavía tenga alguna duda, que aprecie la recién estrenada Tully (Jason Reitman, 2018), donde la sudafricana entrega otra interpretación de primerísimo nivel, justo quince años después de Monster.