Adelaida de Juan: Magisterio y rigor

Adelaida de Juan: Magisterio y rigor

  • En el 2017 recibió el Premio Nacional de Enseñanza Artística por su entrega al magisterio cultural. Foto tomada de archivo
    En el 2017 recibió el Premio Nacional de Enseñanza Artística por su entrega al magisterio cultural. Foto tomada de archivo

¿Nace el crítico de arte? ¿Qué se gana al compartir un criterio particular? En verdad, la segunda pregunta debería ser la primera. El sujeto curioso, por inconforme psicosocial, no le queda otro camino si trata de cuestionar (se) su diversa realidad. Ello supone entrenar la reflexión y prepararla a un tiempo para una posible y atendible vocación: la del crítico de arte; tenido, de ordinario por algunos, como ser frustrado y perverso. Para desautorizar esos calificativos y enaltecer las manifestaciones artísticas de Cuba, Latinoamérica y el Caribe estuvo el magisterio singular de la doctora Adelaida de Juan (1931-2018). El pasado lunes 30 de abril supimos de la partida de la también profesora, ensayista e historiadora del arte.

Solo hasta hace muy poco el magisterio oral de la destacada pedagoga había recesado en las aulas. Adelaida continuaba la rutina tenaz y generosa de Luis de Soto, Rosario Novoa, María Elena Jubrías… de enseñar hasta donde su lucidez intelectual y voluntad física se lo permitieran.

Además de Profesora Titular y Consultante de Historia del Arte, la De Juan se había ganado, con todo, el reconocimiento de Profesora de Mérito de la Universidad de La Habana y era presidenta fundadora de la Sección Cubana de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA), así como una de las partícipes iniciales de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). En el 2017 recibió el Premio Nacional de Enseñanza Artística por su entrega al magisterio cultural, sobre todo por contribuir a la formación de pensadores e historiadores del arte de varias generaciones. Del triunfo de la Revolución hacia estos años, tuvo los alumnos más diferentes del mundo quienes, sin embargo, recibieron los mismos saberes en cuanto a calidad y recientes asimilaciones de la profesora. Nunca menospreció en modo alguno la diversidad escritural y conceptual, aunque ―hay que decirlo― toleró nuevas corrientes de pensamiento y maneras otras de interpretar y evaluar el arte. Lo que significa que estuvo al corriente, hasta donde pudo, de las (sin)razones y particularidades de otros artistas y críticos de arte. Si bien estuvo al tanto de las metodologías para analizar obras, sus textos revelan un vínculo oportuno entre crítica e historia del arte. Como se sabe, la crítica de arte tiende a centrarse en las obras del presente, pues parte de su vigencia radica en acompañar una exposición contemporánea, por poner un ejemplo; mientras la historia del arte recorre y aprende de cuanto ha acontecido. Para comparar y no pretender descubrir el Mediterráneo, crítica e historia del arte necesitan unirse. Adelaida lo supo desde el principio.

Diversas son las constantes de su enseñanza para la educación de noveles críticos: el propiciar la diversidad discursiva en varios medios de publicación: revistas, periódicos y palabras para catálogos. Para ello exigía diversificar no tanto la información como los contenidos. El intérprete de arte tenía, tiene, que probarse escrituralmente en todo: la crítica para ser asimilada por toda suerte de lector y el ensayo según los reclamos de las publicaciones especializadas. Adelaida de Juan no era partidaria del crítico fragmentario sino del fragmentado pero reconocible por estilo, cuando no por la constancia de una temática. No en balde, fue siempre exigente con la escritura de los textos, de los cuales pedía claridad expositiva, conocimiento biográfico e histórico y atrevimiento interpretativo. “No me vengan con lo mismo que ya he leído por ahí” o “aprendan a sintetizar” eran dos de sus reiteradas advertencias. Todos aprendimos con la doctora que entregarle párrafos con unas cuantas subordinadas, implicaba un disgusto para ella. Luego nos echaba en cara: “Eso molesta también al lector. Se pierde en la lectura y no repara en los datos e ideas interesantes. Aprendan a subordinar menos”. Con ella eran suficientes tres ejercicios de clase para evaluar a un alumno que, se suponía, ya sabía escribir y analizar obras de arte. Pero era necesario pasar por el tamiz de la De Juan, como era nombrada, respetada y temida en la Facultad de Artes y Letras. Obtener un cuatro con ella en la nota era una fortuna. ¿Un cinco? Un cinco no venía solo, pues muy cerca se leía la sospechosa acotación “Buen esfuerzo”. Era su peculiar manera de exigir modestia y sugerir al de la máxima puntuación: “Sí, tienes cinco. Pero pudiste hacerlo mejor”.

Un conocido de becas y aulas universitarias me comentó hace más de diez años, a propósito de los textos cortos y de los ensayos registrados en libros de la De Juan, que el mérito de éstos solo radicaba en que ella estuvo en el momento oportuno (entiéndase que (se) aprovechó) en vista del éxodo, la indiferencia o ausencia de críticos, desde los inicios de los años sesenta, para escribir sobre determinados temas, obras y autores. Si todo ello fuera verídico ―que está lejos de serlo― le cabe el mérito a la autora de Pintura y grabado coloniales cubanos, Hacerse el Bobo de Abela, José Martí: imagen, crítica y mercado de arte, Del silencio al grito. Mujeres en las artes plásticas, Paisaje con figuras, Abriendo ventanas, entre otros títulos, reconsiderar y seguir; erigir y desplegar un discurso continuo, nunca distanciado, de los procesos culturales en Cuba desde la colonia, pasando por la República hasta considerar poéticas sobresalientes aparecidas luego del cincuenta y nueve.

Además, Adelaida de Juan no cometió el desatino de desatender la riqueza de criterios en torno a las artes plásticas que otras épocas propusieron en sus momentos a través de figuras muy notables aún para hoy como José Martí y Julián del Casal en la colonia; Jorge Mañach, Guy Pérez Cisneros, Marcelo Pogolotti, Antonio Rodríguez Morey, José Lezama Lima… en la República. La ensayista de Pintura Cubana. Temas y variaciones fue sucesora de esos indiscutibles maestros pero precursora de otros nuevos. El investigar y escribir de temas no estudiados por subestimados o desatendidos (el dibujo humorístico, la cerámica, el diseño gráfico) le concedieron, en efecto, oportunidades y provechos intelectuales. Mas, no arribismo. ¿Qué no tenía contra quién competir? ¿Y qué estaban haciendo Graziella Pogolotti, la Jubrías o la misma profesora Rosario Novoa? ¿Acaso tour intelectual en su propio país?

Podemos cuestionar no pocos criterios de Adelaida de Juan; pero ¿soslayar su apreciable obra, donde el repaso por la historia le valió reconsiderar y coligar autores y expresiones artísticas? No es justo evadir los resultados de quien fuera acaso mucho mejor escribiendo que impartiendo clases. Para algunos, Adelaida de Juan profesó el magisterio rigurosamente. Es cierto. Para otros (no pocos), detrás de esa severidad, advirtieron un interés continuo por compartir cuanto había aprendido. ¡Eso es admirable en cualquier lugar y época del mundo! Pasado los años, a distintos alumnos nos sorprendió que la profesora Adelaida confesara en un programa de la televisión su timidez añeja, únicamente superada por sus discernimientos escritos. Todavía hoy, a algunos les cuesta trabajo creer semejante encubrimiento o simulación frente a sus alumnos.

Nunca voy a olvidar que en la primera clase de crítica de arte con la legendaria pedagoga el grupo se sentó de la mitad de aula hacia atrás. La profesora entró con paso firme y mirada retadora. Dio los buenos días. Sonrió y dijo: “Tengo dos peticiones. La primera: ¿Alguien puede cerrar la puerta? La segunda: Córranse hacia al frente. Yo no me como a nadie”. Temerosos y, en apariencia más calmados, la complacimos. Pero, en cuanto entró en materia, las preguntas continuaron. Pecamos de ingenuos en creer que ella había venido a escucharse a sí misma.

¿Qué se necesita para ser crítico de arte? ¿Cómo se distingue un intelectual que media entre obra, artista y público? Se precisa el entrenamiento previo tanto para reconocer a un crítico cuanto para que éste se asuma tal cual. Asumirse implica poseer una mirada de conjunto y una opinión, más escrita que oral, legitimadora. Legitima el criterio formado que, por lo general, es recurrente en los soportes escritos y las plataformas de comunicación. Criticar es informar, interpretar, valorar, comunicar…, habida cuenta de que el crítico, espectador entrenado, amén de prestar un servicio especializado de educación de gusto ―con el que podemos concordar o no y en todo caso obviar― promociona un hecho artístico y a su autor. Repárese en la imagen y la voz tanto oral como escrita. Pero no se descuide el conocimiento. Preocúpese sobre todo por (el) saber, desde cómo se inserta una exposición en el paisaje creativo contemporáneo hasta cómo éste dialoga con la tradición y sensibilidad estéticas de la historia cultural de una nación. Eso y más aprendimos de la también Premio Nacional de la Academia de Ciencias, quien consideró la crítica como “ejercicio del criterio”, definición martiana a partir de su experiencia de mirar una obra y expresar luego un parecer sobre ella. Desde la mirada y la escritura, conviene la asistencia incesante del pensamiento. Lo tuvo en cuenta Martí y así lo aprendió Adelaida de Juan.

Ha muerto Adelaida de Juan. Sin embargo, no calla el magisterio que por escritura ha motivado (y aún motiva) repasos críticos no solo a la cultura ya lejana, sino también acercamientos razonables ante las variaciones y los cambios del presente y del futuro de Cuba.