Caridad Martínez: a Radio Progreso le he dado lo mejor de mí

Caridad Martínez: a Radio Progreso le he dado lo mejor de mí

  • La escritora y directora de programas Caridad Martínez González Foto tomada de Radio Progreso
    La escritora y directora de programas Caridad Martínez González. Foto tomada de Radio Progreso

La escritora y directora de programas Caridad Martínez González (La Habana, 1944), Premio Nacional de Radio 2017, es —sin ningún género de duda— uno de los nombres imprescindibles en la nonagenaria Emisora de la Familia Cubana, a la que se ha consagrado en cuerpo, mente y alma desde que, hace 57 años, entró al edificio de Infanta 105.  

Esa es la razón fundamental por la que me acerqué a la también profesora titular de la Universidad de las Artes (ISA), para poder conocer algunos de los secretos que le permitieron escribir —con letras indelebles—  su leyenda profesional y personal en la decana de las emisoras insulares.  

Durante su fecunda trayectoria profesional en la Onda de la Alegría, la miembro ilustre de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), ha recibido disímiles premios, distinciones y condecoraciones. 

¿Qué representa para usted, como escritora y directora de programas, Radio Progreso? 

Dedicarle a Radio Progreso cincuenta y cuatro años de mi vida laboral activa ha representado mi plena realización; entendida esta como todo aquello que se hace con infinito amor y que le da pleno sentido a nuestra existencia terrenal. 

¿Cuáles han sido los momentos o acontecimientos que le han dejado huellas indelebles en el archivo mnémico, así como en el componente espiritual del inconsciente freudiano? 

Siempre he dicho que en mi vida hay tres cosas fundamentales: ser hija de Esperanza González (ama de casa) y Armando Martínez (repartidor de pan), dos personas humildes y sencillas que supieron darme el tesoro mayor de un ser humano: su cariño incondicional y haber descubierto en ellos los valores más importantes y necesarios para una persona. 

Que en Cuba haya triunfado una Revolución como la nuestra y haber tenido 14 años de edad el 1° de enero de 1959 (cumplí los 15 el 19 de febrero), ya que, de no haber sido por el sistema de gobierno que —desde hace casi seis décadas— prevalece en nuestro país, jamás hubiera podido trabajar en Radio Progreso, y menos aún, llegar a ser directora de programas […], máxime si entré como copista de libretos. 

Haber contraído matrimonio, el 21 de septiembre de 1968, con el escritor Alberto Luberta (1930-2016), Premio Nacional de Radio y del Humor, con quien he formado una pareja donde predominó, sobre todo, el dúo amor-respeto. De esa unión nacieron Aldo y Albertico, quienes, aunque de niños ni de adolescentes mostraron ninguna inclinación hacia la radio, llegaron un día a nuestro medio (Aldo en 1992 y Albertico en 1994). 

En poco tiempo, se ganaron el cariño y el respeto de los compañeros y no por ser hijos de Cary y Luberta (al principio hubo algunos que, inevitablemente, lo pensaron), sino por su talento y valores personales […], y así, sin que ni ellos ni nosotros nos lo propusiéramos, formamos una linda familia de escritores radiales. 

¿Por qué se inclinó por el medio radial? 

Jamás tuve predilección por la radio. Es más, mi madre no me dejaba escuchar novelas radiales porque encadenaban y le robaban tiempo al estudio. Y así, cuando sintonizaba alguna emisora, por lo general la Emisora de la Familia Cubana, era para escuchar música. 

Fueron mis abuelas las que me arrastraron a ver novelas de televisión y también aquellos espacios de teatro que exhibía la pequeña pantalla antes del 59. Recibí clases Comercio y de Piano. De Comercio me gradué; de Piano concluí teoría y solfeo y llegué hasta séptimo año. 

Todo hacía indicar que mi camino iba a ser la música, pero no como intérprete, sino como profesora de Teoría y Solfeo, ya que, al inaugurarse el Conservatorio Alejandro García Caturla (muy cerca de mi casa), matriculé Acordeón. 

Cuando terminé el primer año, me notificaron que me concedían una beca para continuar estudios en ese centro […], pero me doy cuenta de que, aunque siempre me ha apasionado la música, sabía que nunca iba a ser una buena pianista ni acordeonista. 

Dos semanas antes de comenzar el curso escolar del año 1961 (17 de agosto), se me presentó la oportunidad de trabajar en Radio Progreso como copista de libretos. 

Hice la prueba como mecanógrafa y me aceptaron. Recuerdo que el primer libreto fue el de una novela latinoamericana La vorágine, del escritor colombiano José Eustasio Rivera (1888-1928); y desde el primer momento, sentí el flechazo: la radio me cautivó. A partir de ahí, me hice el propósito de aprender alguna especialidad y la que más me gustó —en aquella ocasión— fue la de productora de mesa. 

Un día conversé con el director Antonio, Ñico, Hernández Pérez (1909-1975) y el jefe de programación Juan Ramón (Tatica) González Ramos y les expuse mi deseo de aprender la producción de programas. Ellos me ofrecieron todo su apoyo. 

El 4 de enero de 1964 me llaman Ñico y Tatica para preguntarme si me interesaba ocupar esa plaza, pero con el propósito de ir aprendiendo y que me superara. 

Fue un gran reto, ya que si bien llevaba un tiempo y daba los primeros pasos en el aprendizaje de la profesión, estaba muy lejos de sentirme con el mínimo de capacidad para hacerlo, pero cuando uno es joven lo acompaña la osadía […], y acepté. 

Me asignaron siete programas: Correo Campesino, En la tienda del pueblo, Fiesta guajira, Por nuestros campos y ciudades, Actualidad mundialCuba en el mundo y Aventuras del mar.  

En esos espacios trabajaba con figuras de la talla de Carlos Felipe González Mas, Julio Batista, Juanita Calderilla, Rolando Leyva, todo el elenco de cantantes y músicos de los programas guajiros y otros grandes de la radio que me fueron develando sus más íntimos secretos. 

Comencé sustituyendo a Rolando Leyva en la dirección de los programas campesinos, y en 1969, fecha en que Juanita Calderilla, directora en aquel entonces del espacio Por nuestros campos y ciudades, va a dar un viaje a México, y manifiesta que se iba tranquila si era yo la que la sustituía, porque ese era un programa que, por tratar de afecciones que padece el ser humano, había que amarlo mucho. 

Así comencé a dar mis primeros pasos en la dirección de programas […]; posteriormente, pasé un curso para superación de directores con los maestros Odilia Romero, Oscar Luís López (1913-2007) y Marta Jiménez Oropesa (1919-2015). 

De ellos, no solo aprendí la técnica de dirección de radio, sino también el amor al medio y la entrega total a la profesión. El curso era de lunes a viernes, por las noches, y ellos no cobraban ni un solo centavo por eso. 

Y así pasé cuanto curso se presentaba […]; en 1973, cuando regresé de la licencia de maternidad (mi segundo embarazo), comienzo la dirección de dramatizados con el espacio Aventuras. 

En mayo de 1975, me asignaron el espacio Novela Cubana […], y en 1979, el programa Agente Especial se trasladó definitivamente para Radio Progreso, ya que se trasmitía por Radio Rebelde y se retransmitía por nuestra emisora. Entonces, me nombraron su directora hasta el momento en que me acogí a la jubilación, pero no al retiro. 

Después, poco a poco, empecé a dirigir Teatro y Cuento […]. En esos años, también dirigí Grandes momentos de la humanidad. 

¿Cuáles son sus géneros predilectos en ese medio masivo de comunicación? 

Prefiero los programas dramatizados, ya que a través de ellos puedo llevar a la radio-audiencia historias que se desarrollan en diferentes escenarios, donde se ofrecen diversos temas que le llevan a quien tanto le apasiona ese género, mensajes que pueden llegarle de forma amena e indirecta […].  

En el caso hipotético de que la vida la hubiera obligado a decidirse por escribir, dirigir o enseñar… ¿cuál de ellos seleccionaría? 

Un día de 1988, me pidieron impartir un curso de Dirección de Programas de Radio, y primero pensé que estaban medio chiflados. Pero […] después me decidí, y cuando me enfrenté a un aula me di cuenta de que me agradaba impartir clases; por eso, llevo unos cuantos años en la docencia. En el ISA, llevo más de dos décadas […], pero si un día tuviera que adoptar una decisión siempre diría: escribir y dirigir programas dramatizados en Radio Progreso. 

De las muchas anécdotas acumuladas durante más de medio siglo de consagración en cuerpo, mente y alma a la literatura y la radio ¿Podría relatar alguna de ellas? 

En 1962, yo era copista, había un programa en Progreso que se transmitía los lunes y que se llamaba Pa’lante y Pa’lante por el semanario de ese nombre y lo escribía Marcos Behemaras (1926-1966). Como el libreto incluía secciones de esa publicación, llegaba entre las 4:00 y las 4:30 pm para grabarse a las 5.30 pm. 

En ese momento habían implantado en el departamento de Copias dos turnos de trabajo, y yo, como era soltera y no tenía compromiso alguno, trabajaba de once de la mañana a seis de la tarde. Siempre me tocaba a mí copiar el Pa’lante… y me retrasaba la copia de otros libretos. Por supuesto, ese día no salía a las seis de la tarde, sino que salía de la emisora casi a las siete de la noche. 

Un día, llega Marcos con el libreto y yo le digo: […] usted me disculpa, pero si la próxima semana este programa llega tan tarde yo no lo copio y si no se puede hacer no será por mi culpa. 

Recibí una lección ética inolvidable, ya que Marcos —con esa sonrisa bondadosa que lo identificaba— me puso la mano en la cabeza y me dijo: “tienes toda la razón, el programa llega tarde y te retrasa, pero yo estoy seguro de que tú siempre lo copiarás, aunque se demore, pues eres una joven que sabe que lo más importante en una emisora de radio es la programación y Pa’lante… es un espacio más de esta emisora.  

No tengo que decir que se me saltaron las lágrimas, y copié el programa y seguí copiándolo siempre hasta que lo retiraron del aire. 

¿Algo más que desee agregar para que no se le quede nada importante en el tintero? 

Ante todo, que a Radio Progreso le he entregado lo mejor de mí. Por otra parte, recomendarles a los pinos nuevos, que el trabajo en los medios hay que amarlo con todas las fuerzas de nuestro ser […] y no me canso de repetirlo. Darlo todo a cambio de la satisfacción de saber que a los oyentes y televidentes les gusta lo que hacemos, conocer que —en los resultados de las encuestas— nuestros programas gozan de aceptación popular. 

Sobre todo, superarse […], respetar a los que compartan con ellos la labor, sea cual fuere, pues con el respeto a los demás nos respetamos a nosotros mismos […]. Que con el discurrir del tiempo trasladen a otras generaciones lo que aprendieron de la nuestra, y que nunca les tengan miedo a los bisoños que llegan a los medios […], como lo hicieran ellos un día.