Waldo Leyva o La consonancia del tiempo

(Cuando el poeta cumple 75 años)

Waldo Leyva o La consonancia del tiempo

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  • Este poeta, que de igual manera es un ensayista de altísimo calibre, se debate entre la soledad y la sorpresa. Foto tomada de Granma
    Este poeta, que de igual manera es un ensayista de altísimo calibre, se debate entre la soledad y la sorpresa. Foto tomada de Granma

Nadie sospecha el pavor que antecede mi primera palabra, incrementado esta vez porque Waldo Leyva (Remedios, Cuba, 1943) es un poeta que se cita de memoria. Basta con leer un par de veces cualquiera de sus textos para después, oh mágica resonancia de su palabra, adueñarse de títulos, versos y estrofas completas. Ese proceso sicológico (una suerte de peripecia silenciosa) ocurre por obra y vuelo de la propia poesía; que en su caso se presenta como una filtrada expresión del sentimiento, emoción del ayer o parábola de la nostalgia. 

“Cuando quiere detenerse la tarde…cuando muere hecho un rumor el verde”…hay que llamar a Waldo Leyva, simple y llanamente porque su voz se hace imprescindible. Ahora recuerdo “De la ciudad y sus héroes” (1974), “Con mucha piel de gente” (1982), “El rasguño en la piedra” (1995), “La distancia y el tiempo” (2003), “El rumbo de los días” (2010) y “Cuando el cristal no reproduce el rostro” (2013). ¿Acaso su poesía tiene forma humana? He ahí el misterio de lo indefinible. Una realidad que se hace mucho más nítida cuando advertimos que Waldo Leyva no comunica un contenido anímico, sino su contemplación. Dicho de otra manera: la poesía de Waldo Leyva no comunica lo que se siente, sino la contemplación de aquello que se siente, algo que multiplica su efecto en los lectores y hace posible una maravillosa complicidad entre ambas partes.

Quien se acerque a la poesía de Waldo Leyva hallará una esencia artística que aporta alegría estética; identificándose también en ella los nexos entre el tropo poético, el pensamiento y el conocimiento; pero todo sustentado en los oficios del amor, la identidad de inalterable rumbo y el apego consciente a la nación cubana. ¿Percepción de emociones? Por supuesto que sí, escritas sobre el papel durante muchos años de nupcial apego a la poesía, cuya dramaturgia integral (consonancia del tiempo) nos revela además una constante búsqueda de oxígeno a través de la memoria; sin dejar de apreciar que para este poeta, maravillosamente paradójico, la memoria es parte esencial del porvenir.

Como resultado de una mágica ilusión creacionista, logran unirse poeta, poema, poesía y comunicación. Lo íntimo se vuelve universal, y lo universal se vuelve íntimo. Pero ojo: la génesis de esa virtud (“imán devorador” con el que cuentan muy pocos autores vivos) está dada porque en Waldo Leyva no es el tema lo que busca la emoción, es la emoción la que busca el tema. Entonces la insurrección de su palabra, de indudables valores gnoseológicos, filosóficos y lingüistas, encuentra en la síntesis su punto máximo de expresión.

Su maestría textual, donde también se observan influencias clásicas y más recientes, tiene un aderezo que no puede pasarse por alto: la visión; que en la obra de este poeta, sin perder claridad y economía, fluye entre cualidades irreales y percepciones brumosas.De esa forma Waldo Leyva seadueña de la palabra exacta, digamos que se adueña de una palabra que tiene fondo blanco, solo dable en hombres que visten el traje de grandes poetas.

Los poemas suyos que podemos definir como los más íntimos, dada la secuela del fondo blanco ya mencionado, adquieren de inmediato una anchura cósmica que despierta fascinación. Para él no existe otro destino que el manantial inédito, y ese manantial inédito no puede ser una reproducción fotográfica de la realidad. Hasta en las líneas que podríamos llamar versos “puentes”, centellea un lazo de unidad entre lo racional y lo irracional; quedando demostrado con ello que su poesía se levanta sobre un poderoso contenido psíquico, y que por lo tanto, no es imperativa, es elección. 

Pero una cosa es la poesía en sí y otra bien distinta el lenguaje que se utiliza para hacerla. Descifrar un poema no es lo mismo que entenderlo. Entenderlo es sentirlo. Y eso, precisamente eso, es lo que ocurre con la obra poética de Waldo Leyva. Desde su primer cuaderno, y sin ningún tipo de concesiones o miramientos, asumió la poesía como una actitud ante la vida, como una necesidad orgánica, como una alta forma de expresión donde no hay espacio para el artificio, la anarquía de ideas o para esa peligrosa trampa idiomática que es la lentejuela verbal.

Todas esas virtudes interiores conforman de conjunto una obra serena, concentrada y profunda, donde el poeta se siente vivo y parte activa de la historia; pero que a su vez lo protege de la intemperie que a diario impone la propia vida, a veces demasiado filosa y a merced de dimensiones que trascienden el tiempo real. ¿Qué hacer frente a ese drama inevitable? Valga lo que hace Waldo Leyva desde que amanece: refugiarse en su propio tiempo, por un lado transitorio y por otro vital, que es igual a decir la palabra y el espejo como protagonistas de sus días o “eras imaginarias”.

Este poeta, que de igual manera es un ensayista de altísimo calibre, se debate entre la soledad y la sorpresa. Por eso su principal asidero es y será siempre el enigma, la angustia testimonial que en un momento determinado lo hace mirar con valentía la parte invisible de la foto; algo que a mí, cuando lo analizo desde otro ángulo, también me trasmite una esclarecedora sensación de arraigo y resistencia. De ahí que leer, entender y sentir a Waldo Leyva, en pleno siglo XXI, lleva consigo un elevado compromiso de orden espiritual, ya que su obra le imprime un sostenido principio ético a la poesía que actualmente se escribe en lengua española, aportándole un sello de especial singularidad, rigor y esbeltez.

Waldo Leyva es un hombre que vive rodeado de fantasmas. De ahí que recurra a su “oscuro esplendor” para asumir lo caótico desde una perspectiva visionaria que deja en un segundo plano las murallas gramaticales y logra penetrar la verdad con total desnudez de alma, fusionando los diferentes matices de su voz con un estilo extraordinariamente propio, despejado de ataduras que le resten autenticidad a los sonidos interiores, donde el poeta encuentra su única y verdadera salvación.

¡Qué gran poeta tengo entre las manos! Cada letra suya es una lágrima de vida plena, cada palabra suya es un horizonte de piel que se dispara. Después de tanto ajetreo existencial lo veo desnudarse pletórico de luna y sinceridad. Con el verbo siempre vigilante y trazos a veces intertextuales, pero jamás inasible o parapetado detrás de gruesas rocas, Waldo Leyva cabalga encima de versos que trascienden las fronteras de lo anecdótico y perforan las urdimbres que a diario padecemos los seres humanos en busca de una luz que al final nos abra nuevamente los caminos. Ese estado de éxtasis infinito lo hace tocar el porvenir para después regresarlo a su lugar de siempre. Entonces tiembla y escribe, estremeciéndose todavía con las mismas cosas que provocaron sus asombros de niño.

Ahora dicen que cumple setenta y cinco años. ¿Será verdad que los cumple? Tal vez sí y tal vez no. Pero su verso, desembarazado y gallardo, no tiene una edad determinada por los calendarios. Lo de ayer parece escrito hoy, y lo de hoy parece escrito ayer, moviéndose con mano maestra en cualquier molde estrófico, una realidad que le otorga el rango artístico de poeta entero; dígase una máxima que se registra sin sombras, siendo la palabra serena y el afilado pensamiento dos maravillas que al final le dejan al lector un estremecimiento que bien pudiera definirse como hechizo.

Yo tuve el privilegio de conocer primero al hombre y después al artista. Poco a poco, y sin precipitaciones o compromisos familiares, me fui acercando desde adentro al quehacer cultural de una persona que respira, camina y habla como poeta; hasta percatarme finalmente de que estaba frente a un gran surtidor de belleza, de que estaba frente a una de las mejores voces poéticas de Cuba, de que estaba frente a un intelectual que mantiene invariable su compromiso con la Revolución cubana.

Nadie sospecha el pavor que antecede mi última palabra, incrementado esta vez porque me he detenido ante un poeta de excepción. Lo anterior no es una mera consigna o título con bordes forzados. ¡Ahí está su obra!, merecedora desde hace mucho del Premio Nacional de Literatura.  Nada puede detener el raudal de pensamiento que desbordan sus versos, íntimos por dentro y planetarios por fuera, una mezcla de agua fértil y luz de cielo que los hacen casi naturaleza; aunque él, quizá volviendo desde un sitio en el que nunca estuvo, comparta la letra de su voz como el amigo que tras la mano franca nos deja el eco de un roce inocente entre los dedos.   

Por Fidel Antonio Orta