Los cines, ¿entrar, o seguir de largo?

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Los cines, ¿entrar, o seguir de largo?

Los que crecimos viendo el cine como una opción idílica, vinculada a otra manera de vivir, estamos lejos de saborear aquellas viejas sensaciones, luego transformadas con el desarrollo del intelecto.

Euforia a los diez años al saber que corríamos en pos de El príncipe valiente, de la 20th Century Fox, y constatación universitaria, no menos gozosa a los 19, luego de que el profesor Mario Rodríguez Alemán conminara a detectar si La dulce vida, de Fellini, tenía tantas simbologías como se aseguraba.

Pasar frente a un cine y averiguar «qué estaban poniendo» se convirtió pronto en un hábito de primera necesidad; conseguir la peseta, y entrar, en una odisea, ya fuera con final a lo Himno de la Alegría o –mejor ni acordarse–, en una retirada de puños hundidos en los bolsillos.

¿Será acaso el paso de los años el causante de que los bríos de antaño se enfríen y con ellos las sensaciones que provocaban encerrarse en una sala oscura?

No es posible si saco cuentas de la cantidad de filmes vistos durante el último Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. La causa tampoco habría que buscarla en el desarrollo de las nuevas tecnologías y en los hábitos globales, cada vez más creciente, de ver películas en casa.

¿Qué me hace entonces mirar los cines de otra manera?

Pienso no estar solo al declarar que «la desconfianza», que en muchos sentidos ha motivado la actual pandemia, no importa que dentro del alarmante caos internacional naveguemos por un mar más limpio de sargazos.

Si siempre la oscuridad se asoció con lo tenebroso, uno de los méritos del cine consistió en hacer de la vieja caverna un universo de luces y pensamientos halagüeños. ¿Y ahora?

Quizá como pocas veces, la Covid-19 ha subido al cuadrilátero a rivales tan universales como el optimismo v.s. el pesimismo. Entre una y otra tendencia se han movido las opiniones de los pensadores más contrastantes, tantas opiniones que a veces uno se siente como al principio de no haber leído ninguna.

Las cifras están demostrando que tras la apertura de los cines en ciudades de Europa, principalmente con filmes considerados «taquillazos», el resultado es aún más desolador que el previsto por los empresarios.

En España, durante las dos primeras semanas de apertura, se obtuvo solo el 10 % de lo alcanzado antes del inicio del confinamiento; en Francia el acumulado nacional quedó en un 77 % por debajo en igual periodo del pasado año, y en Alemania, con la tercera parte de los complejos cinematográficos en función, lo recaudado, si se le compara al 2019, no fue más allá del 53 %.

Resultados muy parecidos exhiben salas de Italia, Reino Unido, Corea del Sur y Japón, en todas ellas con rigurosas medidas de seguridad para preservar la salud humana. Hay agravantes significativos, como el temor a infectarse con el virus, los desniveles y descalabros económicos acentuados en los últimos meses, y el miedo de los productores a «quemar» costosas producciones que, tras un estreno fallido, difícilmente se recuperen.

El panorama desolador de muertes y contaminados que exhibe Estados Unidos ha hecho que pocas salas se atrevan a abrir, de ahí que no existan cifras comparativas. Lo mismo sucede en América Latina.

En nuestro país, y gracias al esfuerzo de muchos hombres y mujeres, organizados y sin horas para el sueño, el cuadro frente a la pandemia de la COVID- 19 es muy diferente.

Sin embargo, y volviendo al título con que se comenzó este trabajo: “Los cines, ¿entrar, o seguir de largo?”, confieso que cuando llegue el momento, -con todo y el amor que le tengo a las salas y a la profesión- prefiero darle otra vuelta a la manzana y seguir un rato más pensándolo.

(Tomado de Granma)