Los 90 de Fayad Jamís

Los 90 de Fayad Jamís

Qué sería de mí si no existieras
mi ciudad de La Habana.
Si no existieras mi ciudad de sueño
en claridad y espuma edificada,
qué sería de mí sin tus portales,
tus columnas, tus besos, tus ventanas.
(…) Si no existieras yo te inventaría
mi ciudad de La Habana

Cuando se habla de la poesía y la pintura cubanas no se difunde lo suficiente la obra de Fayad Jamís (1930-1988), uno de los más significativos artistas de la vanguardia cubana en el siglo XX que estuviera cumpliendo 90 años este 27 de octubre. Nacido en Zacatecas, México, de padre libanés y madre mexicana, siempre asumió con profunda devoción su cubanía. Su familia se trasladó a La Habana siendo él muy pequeño y recorrió la isla hasta asentarse en Guayos, Sancti Spíritus, donde actualmente descansan sus restos.

Aunque pasó la mayor parte de su vida en la capital cubana, fue por solicitud de sus familiares que se trasladaron sus restos allí en 2014. Su hija Rauda recuerda que «para él, Guayos era un pueblito especial», donde pasó gran parte de su infancia y juventud y al que regresaba siempre para compartir con sus amigos. Razón que convence para que este pueblo espirituano lo acogiera como su «Hijo Ilustre».

Fue en Guayos donde comenzó a desarrollar su arte de escribir y dibujar y donde publicó su primer libro de poemas, que se tituló Brújula, en 1949. Desde ese momento se sucedieron poemarios antológicos, como Los párpados y el polvo (1954), Vagabundo del alba (1959), Los puentes (1962) y Abrí la verja de hierro (1973). Acogido por los «origenistas» como caso de excepción, dada su dualidad de vocaciones y creatividad en la literatura y la pintura, sus poemarios se cuentan entre los más destacados de la llamada Generación de los Cincuenta.

Roberto Fernández Retamar afirmó en cierta ocasión que Fayad era un autor en perpetua creación y fiel a sus circunstancias: «No hizo el elogio de la escasez, extrajo de la escasez poesía y, luego del triunfo de la Revolución, sumó su voz a las que saludaron el magno acontecimiento».

Su obra plástica, entre dibujos y pinturas, se encuentra en museos y colecciones privadas de diversos países. Si bien no ha tenido la justa repercusión, ha sido asimilada por coleccionistas y críticos conocedores del arte cubano, desde que se diera a conocer a mediados de la década de 1950. Sus inicios se enmarcaron en el entonces conocido como «Grupo de los Once», por el número de pintores y escultores que participaron en una muestra realizada en la galería La Rampa en 1953, con una fuerte influencia del movimiento abstracto norteamericano y entre quienes se incorporara posteriormente Raúl Martínez.

Antes fue dibujante operario en talla de cerámica y vidrio y restaurador de mosaicos en el Museo Nacional. Desde 1951 expuso con regularidad en Cuba e ingresó en la escuela de San Alejandro, para estudiar dibujo y modelado. A mediados de esa década se muda a París por cuatro años y en 1956 exhibe allá su obra en una muestra personal, financiada por el poeta surrealista André Breton.

De esa época, dan testimonio las opiniones de Luce Hoctin, en la revista Arts et Spectacles, cuando decía «La gran tela de Jamís [en el 130 Salon des Réalités Nouvelles, Musée d'Art Moderne de la Ville de Paris], es la visión de un espacio devorado por el fuego, acusa un temperamento pictórico poco común». El diario El Nacional de Caracas se refería a su obra como «vigilante y hasta belicosa militancia en el abstraccionismo cubano, lo ponderan como uno de sus adalides con un contenido más dramático, con abstraccionismo libre, de corte romántico, exacerbado en el color y en la expresión de formas sin relación programática entre sí, en las cuales la improvisación juega un papel importante».

Al triunfo de la Revolución regresa a Cuba y encuentra aquí la expresión decisiva de su potencial creativo, al multiplicar su labor intelectual y revolucionaria. Fue coeditor de las Ediciones La Tertulia y director de Ediciones F. J., jefe de la plana cultural de Combate y del suplemento dominical del periódico Hoy. Además, fue uno de los fundadores de la UNEAC, miembro del ejecutivo de la Asociación de Escritores y director de la revista Unión en sus primeros años. Incluso ejerció como profesor de pintura en la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán. A la vez, por dos años consecutivos (en 1967 y 1968) obtuvo el primer premio de Pintura en el Salón Nacional de artes plásticas de la UNEAC.

En medio de esa vorágine, fue el autor del primer poemario dedicado por entero a la Revolución, al que tituló Por esta Libertad, con el que alcanzó el premio de poesía del concurso Casa de las Américas en 1962. Roque Dalton calificó este libro como «un aporte de la poesía revolucionaria en Cuba, uno de los primeros resultados del enfrentamiento por parte de los poetas cubanos al problema estético más importante que les presentaría la vida».

Algunos recuerdan su afición a los gatos, su temperamento energético y bondadoso, con fineza en el trato y alta capacidad para escuchar y tener buen juicio. Esa personalidad le sirvió para su largo trabajo diplomático, pues fue nombrado Consejero Cultural de Cuba en México durante once años.

Razón tenía el maestro José Lezama Lima cuando abordara su obra artística, de conjunto, en el texto «Ver a Fayad Jamís», pues su obra es un todo único que mezcla magistralmente la poesía y la pintura. No basta la librería que lleva su nombre en la calle Obispo, en La Habana Vieja; la galería homónima que es Centro de Arte y Literatura, en La Habana del Este; o la tarja que fue develada en las calles O y 27, del Vedado capitalino, donde vivió hasta sus últimos días. No basta nombrarlo, leerlo o verlo de forma aislada para apreciar al artista en su verdadera dimensión, en su personalidad múltiple y diversa, que aún tiene que mostrarnos en su auténtica cubanía.

Como dijera Eliseo Diego: «Fayad es poeta; Jamís es pintor; Fayad Jamís es a un tiempo uno y otro y maestro por tanto de ambas artes. Ha armonizado las dos agrias terquedades que escandalizaron al Renacimiento con su vocerío en torno a quién era más, si la creación pictórica o la poética».

Con tantos palos que te dio la vida
y aún sigues dándole a la vida sueños.
Eres un loco que jamás se cansa
de abrir ventanas y sembrar luceros.
(…) Con tantos palos que te dio la vida
y aún no te cansas de decir: te quiero.