Las presencias distantes en Polvos del Sahara

Las presencias distantes en Polvos del Sahara

Mireya Piñeiro Ortigosa confiesa en su nuevo libro de poesía, bajo el título de Polvos del Sahara  (Ed. El Mar y la Montaña, 2009), que este volumen es una suerte de «obras completas», y ya las comillas, teniendo en cuenta su proverbial ironía, alertan que el adjetivo es de dudosa sinceridad, y que sólo está mostrando, después de una criba meticulosa y puesta a prueba con su conciencia, la muestra lírica con que debe ser juzgada luego que esa capitanía inmortal, al decir de Baudelaire, levante sus anclas y, aburrida de mantenerla sobre la tierra, se la lleve a lo profundo. Los artistas serios y puntillosos se preparan, por si acaso, para el juicio final al que estamos abocados. Buena decisión la de Mireya para contrarrestar los chismes, anécdotas y leyendas que siempre emergen alrededor de cualquier «criatura de Dios» que hace públicas sus vanidades.

Vayamos en orden y con selectividad por los libros y poemas incluidos en estos Polvos…. En lo callado de la hoguera está estructurado en varios bloques bien definidos en temas e intenciones, y a modo de exordio lo precede el poema «A cada roce de la suerte», obvia declaración de principios.

La poetisa (a ella no le molesta el calificativo), especie de cazadora furtiva, al encuentro de su presa y, en el mismo acto de la captura, sabe que cierta apetencia se ha ido y un nuevo animal se prefigura en el mismo término de lo logrado. La felicidad sólo tiene un espacio inefable, allí donde una leve tangencia con una frontera indiseñable: los dos huevos que son el yin y el yang, embozados por lo imprevisible, sazón última e intensa donde se cocinan los mayores deleites.

La primera sección se abre con la voz de Fina García Marruz, que, al definir el amor, aconseja para el «insólito huésped» no hablar mucho de él, so pena de espantarlo. La pieza «Tríptico de la ausencia» es no sólo la más ceñida en el manejo exacto de los recursos trópicos, si no en el tono auténtico de una nostalgia de hondas delicadezas afectivas, esas que nunca erosionan lo mejor de la condición humana.

«En la perspectiva hacia la callejuela» es el epígrafe de Regino E. Boti que anuncia los poemas en sintonía con la atmósfera que encierra con los muros del patio llamado Guantánamo. Parecen ser los textos más cercanos a los primeros escarceos de la autora en los años 70 del siglo XX, signados por cierta huella de la poesía cercana a lo conversacional.

Hablar sobre criaturas conocidas o no es la intención del bloque encabezado por el verso «Oigamos las figuras», de Eliseo Diego, uno de los poetas más caros en los gustos de Mireya. El breve poema «El orate», responde a ese nexo ecuménico de eslabón invisible, formado por la solidaridad con la pena y la emoción compartida hacia lo inevitable.

«Hablar con Fina» es un diálogo-homenaje y de reafirmación para la autora, que en el silencio de las entre líneas casi susurra: estoy hablando desde otro espacio y otros años, pero con los mismos códigos que solo las dos saben: ella y la poesía. En el texto que encabeza un poema, dice Fina: «No se debiera tener una poética, y la guantanamera la acompaña».

Décima en la más tradicional concepción de este tipo de estrofa, incorpora a su texto textual glosas de José Martí en los versos finales, al modo en que en el Venezolano Andrés Eloy Blanco lo hiciera en 1960, y amén de formular una compleja poética del contraste y la suma, la entronca estilísticamente con el autor de los Versos Sencillos.

Al modo de las lápidas se abre la sección siguiente: «Dejadme a solas esta noche», de Rolando Escardó. Cuando alguien pide con urgencia ese estado de ánimo, es para que entren todos los «demonios», los terribles y los benefactores; estado especial donde se fermentan los mejores impulsos de la creación y es justamente en este apartado donde aparecen uno de los más logrados del conjunto: «Enigma de las horas».

Al constreñido espacio de mi cuerpo

Hoy no le alcanza su habitual medida:

Jaula, foso y cubil donde se agolpan

Los signos que conozco. Esta soy yo,

Mi mano lo asegura; puedo andar

Sin error entre las cosas que ya

Me pertenecen como humildes dones

De la sangre: es muda lejanía

En mi ventana o la incorpórea traza

De sueños que pudieron consolarme

¿Cuál imagen, entonces, hoy trasgrede

La conocida paz de mi costumbre,

Como un pulso insondable fecundando

La oscura acometida que me asalta?

Sitio para las fieras y vacío infranqueable es el lugar donde habita la carne, que además es soporte visiblemente ordinario, vitrina casual y engañosa, pero la única inventada hasta hoy para hallar las claves del espíritu. Algo inexplicable ha turbado a la creadora en ese itinerario indecible del tiempo que transita con ruidoso silencio, como de campanas llamando a misa o a «deprofundis». Solo el paso siguiente lo sabrá.

Poesía de ascendencia coloquial pero exenta de aquellos ingredientes salidos de la ingeniosidad o el humor a lo Roque Dalton, busca mejores cuerdas en el lirismo dado a través de lo conceptual-afectivo con un lenguaje limpio, distante de las complicaciones metafóricas. Es una especie de «filosofía» de lo cotidiano con afinamiento del idioma dentro de esa certeza que Martí definía del siguiente modo: «Creo en la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas y sinceras», como reza el epígrafe que abre el libro Como un eterno saludo.

La lectura del bloque penúltimo parece deducirse de aquel verso de Mirta Aguirre que dice: «Hay muchos pies por los caminos míos». La idea cristiana de que todo lo humano le atañe, diseña el sentido de la pieza «el hombre, la sombra y la escalera». Aquí la creadora hinca su preocupación en el desastre de Hiroshima, cuando a partir de una foto contempla pasmada, como un hombre queda pulverizado, convertido en una sombra, y la escalera de mano en que se encontraba sigue indemne. El infierno que pueden inventar los hombres va más allá de la imaginación de un poeta como Dante, ese infierno está ahí, en el desandar normal y cercano, sin que la mayoría de los seres de este planeta lo sintamos, en esa algarabía de ostentación que nos envuelva.

El cierre de En lo callado de la hoguera, libro que integra esta selección hecha por Mireya Piñeiro lo preside un texto de Emilio Ballagas: «Me iré mañana, me perderé bogando». Una certeza de finitud siniestra marca un golpe de clave en el concierto de la existencia humana.

«En el bosque de Nemi» el libro culmina dentro de los mejores quehaceres de su lírica. La muerte con su devastadora presencia y su desagradable puntualidad, es el tema que parte de esa referencia sobre el rito ancestral que le dio origen a La rama dorada de Frazer.

Los otros dos textos más valiosos asoman sin debate su postín lírico: «La inmensa llanura» y «Presencia en lo callado de la hoguera». El primero nos deja escuchar la voz «designadora», orientada siempre como índice ciego hacia la certidumbre del acto que se intuye sin el reclamo tosco de la imagen, pero aún falta la epifonema: «lo importante no era el potro, sino la inmensa llanura»; es ahí el gozo intenso y culminante del gesto hacia lo inédito.

El poema que intitula el conjunto en rumba su meditación hacia los resortes de la existencia, remota a toda filosofía pedestre y doméstica. La vida alcanza a su plenitud cuando la ojeada traspasa la vanidad que devuelven los espejos. Honda reflexión sobre el alma humana justo en ese sitio donde el hombre haya su esencia, pero de hecho con esa hidalguía de la sencillez difícil.

En la ruta azarosa del velero se abre, como ya es usual en Mireya, con otra declaración de principios donde el discurso lírico continúa su tono meditativo sobre lo paradójico como protagonista de la condición humana. Ella sigue cuestionándose, hechizada, sobre el carácter contradictorio qué es el acontecer del hombre, de ser algo y otra cosa al mismo o al poco tiempo, y se pregunta entonces de que valen tantas fatigas y qué asideros de validez universal tenemos después de tanto todo para nada, como se cuestionaba José Hierro en su antológico poema «Nada». El poeta debe lidiar y socorrer con su memoria afectiva esa conspiración que parece cernirse sobre la raza humana, y para ello tiene un material muy endeble: la palabra.

«No se iguala un silencio a otro silencio», verso de Mariano Brull, sirve de lema para un conjunto que se caracteriza, como ya lo hizo en el libro anterior, en acudir a las añejas modalidades estróficas de la décima y el soneto, para continuar indagando en temas como la muerte, la esencia de las cosas, la fugacidad de la vida, las posturas a la que se somete el hombre frente a otro hombre, y otros más, pero siempre desde una apoyatura culturológica (piezas pictóricas de Tiziano, Velázquez, David o Delacroix) o de objetos enigmáticos como el dolmen de Louth, y otros soportes de validez estable y universal que le permiten a la autora, en las situaciones y conflictos más actuales, dilucidar lo prístino del ser humano.

La voz de Dulce María Loynaz: «Señor, las criaturas que enviaste ya están aquí, aleteando junto a mi cabeza», signan un apartado que comienza con textos que indagan en el universo de la familia y los afectos. «Nota de urgencia» va directo al quehacer diario y a los misterios de la convivencia, que suele comportarse como la guerra más terrible que libra el hombre, porque los golpes provienen de aquellos que se sospechan te quiere, pero cuando faltan o se alejan, dejan un vacío insoportable. «A ellos» también le canta a la relevancia de las pequeñas menudencias de las cosas que nos rodean e invaden. «A los otros» es un peculiar acto de revelación de comportamientos propios de la personalidad de Mireya, que contrario a un acto de fe, aconseja «librarla» de toda acusación inquisitorial, pues su clave está en haber sido una mujer con medida (¿podemos creerle?).

«Razones» es un bellísimo texto de amor, a la manera en que él se manifiesta siempre en la autora: sin materializarlo en un cuerpo con nombre, sino en los efectos de la ausencia y la añoranza. «Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo», escribió Lezama, y bajo tal pretexto, se juntan poemas que tienen una obvia intención: ser un muestrario sucinto de una evolución lírica, no solo en estilo sino en conflictos, asuntos o temas que aquejaron a la autora de este volumen desde los años 70 hasta 1990, cuando ya había encontrado una voz serena.

Aquí nos encontramos poemas como «el círculo cumplido» o «un domingo es siempre un domingo» (día clave en la concepción de la guantanamera) que dan fe de una elementalidad en el sujeto lírico que nada tiene quien ver con el que luego conseguirá a los finales de los años 80. Sin embargo, hay algunas piezas que constituyen balizas de que el magma ya estaba emergiendo desde una poesía de la cotidianeidad, y ellos son «mi parque» o «resaca», donde se muestran conquistas definitivas para lo que se viene gestando.

Ya en el decenio de los 80 Mireya ha encontrado el tono y las matrices para facturar una poesía efectiva y limpia y lo confirman dos buenos poemas «El gorrión que vive ahí en mi casa» y «Que extraña vida la que te sustenta»; el primero hurgando en el redondo paso de los días y esos entes con que tropezamos, los cuales, sin una mirada profunda jamás descubriremos, aunque ellos sean los protagonistas menores en esa sofocada dramaturgia que es la existencia. El segundo es el otro tipo de poesía más meditativa dentro de lo general. Dos modos de llevar ese deslumbramiento con que alguien definió la poesía y no como una simple catalogación de género.

«¿Debo mentir acaso, yo que he visto la muerte?» epígrafe de Emilio de Armas, incluye poemas que muestra a una artista ya asentada en sus logros y ahí están textos redondos en su factura como «Una cuerda he tensado en el abismo», que recuerda esos poemas reflexivos de sus primeros aciertos que indagan sobre las problemáticas de la vida, pero ahora en un tono de mayor desengaño por el camino andado y erosionador que ha hecho de ella esa criatura lisa de todo ímpetu superfluo; en ella queda como esa resaca dicha ya por otro poeta: «Muchacha, si ha visto que los sueños raras veces se cumplen, mejor defendamos este insomnio». El poema «El culpable» es significativo dentro de esta sección:

El hombre tiene en la palabra un soporte frágil y engañoso, una especie de intermediario que nos ayuda a organizar una historia, desde su condición de espía ante ese atajo que vamos tomando fortuitamente y a ciegas; y todo esto nos llega con una certidumbre: lo racional y lo irracional constituyen una innombrable realidad que confiere a la existencia humana una impronta fundamental de ser imprevisible, al comprobar , sorprendido, que en el mundo circular en que existimos conviven, hieren y salvan a su manera, presencias distantes, por eso es necesaria una «limpieza de rutina, y resultan lapidarios los versos finales de este libro».

Mireya Piñeiro Ortigosa no procede de ningún grupo de escritores en específico, ni de alguna tendencia que se hiciera moda en ciertas generaciones marbeteadas por los historiadores, a los cuales urge, por reclamos de las «metodologías ordenadoras», introducir en sacos y gavetas a todos los autores nacidos en una época determinada. No hay duda de que Mireya tuvo sus maestros e influencias benignas, tal vez más claras en su infancia lírica y más desdibujadas en sus definitivas conquistas poéticas, las cuales harían posible una lista pedante, pues todo lo bueno que leyó pudo «contaminarla», y hasta ella misma pudiera hacerse la pregunta que se hizo Luis Rosales: ¿En dónde empiezan nuestras sombras? Prefiero creer que las más sustanciales matrices vinieron del acto lectivo, el trabajo y el sistema que asumió, y eso sirve incluso para los mejores escritores, dígase los solitarios, los huraños y los solterones.