Carlos Díaz: Travestirse en teatro

Carlos Díaz: Travestirse en teatro

Lo dijo en alguna ocasión. Si hubiera nacido mujer le gustaría ser Broselinda Hernández, porque es una mujer fuerte y a él le gustan las mujeres fuertes, en la escena y la vida. Le gustaría porque ella, como confesó a la periodista Katherine Perzant, un poco más y deja su feminidad colgada, tiene una voz muy fuerte, esa voz...

El travestimiento del alma y del cuerpo, las máscaras, acompañan al actor como una figura sin identidad fija ante los ojos del público, sobre cualquier escenario. El director conforma la obra como un todo, aunque esta igual podría ser una suerte de sesión de espiritismo, los personajes de los libretos se meten bajo la piel de los intérpretes.

Sin embargo, en el teatro, ajeno de cualquier etiqueta social, la retroalimentación es una constante: el personaje y el intérprete, la realidad vivida y la ficcionada, la desnudez del cuerpo y de la mente, el arte, siempre el arte, salido de una mente capitana, unas voces guionistas, una escenografía, un vestuario.

Para Carlos Díaz el teatro hay que hacerlo bajo la arena, como decía Lorca: «Hay que sacarlo de abajo. Bien de abajo. El teatro al aire libre puede ser muy edulcorado, estamos diciéndolo todo, que democráticos y prácticos somos, que inteligentes. Por eso Lorca habla de este sepulcro, de entrar en el fango hasta las rodillas para poder llegar a las azucenas».

Así lo afirmaba en la entrevista titulada La flor venenosa de Shakespeare, publicada en enero de este año, en medio de aquel ambiente del Grupo Teatro El Público, rodeado de tacones, abrigos de piel, pantimedias negras, collares de perlas, cajas de Heiniken con pelucas, botellas de Chivas Regal, cajas de tiza y un gladiolo perfectamente podado por él, por Carlos Lázaro Díaz Alfonso, actualmente portador de 65 años de vida.

Una síntesís profesional lo definiría como graduado en la especialidad de Teatrología de la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte;  fundador en 1992, director artístico y general del Teatro El Público; asesor dramático y profesor en la Escuela Nacional de Arte, imparte actuación y dirección en el ISA; parte de iniciativas como Teatro Irrumpe, Ballet Teatro de La Habana; colaborador de Danza Abierta, Danza Contemporánea de Cuba y varios proyectos cinematográficos.

La obra artística del Premio Nacional de Teatro 2015, uno de los nombres más celebrados y polémicos de la escena cubana, estaría contenida, tal vez, en palabrejas rebuscadas. La crítica ha definido su revisión cariciosa y a ratos cínica del legado cinematográfico hollywoodense, el teatro clásico francés, español, norteamericano y otras geografías, combinación de códigos importados desde el mundo de la alta costura, la moda, la ópera, y los conceptos de la posmodernidad.

Carlos Díaz está despojado de etiquetas y poblado de travestismos espirituales, profesionales y artísticos. En lo definible de su labor como director está lo indefinible de cada puesta en escena, de acudir a ella, presenciarla y sentirla.

«Yo a los actores los dejo hacer. En un estuche guardo guantes de seda, que uso con mucho cuidado para llevarlos, a veces me hacen propuestas hermosas. No me gusta hablarles. A los actores les molesta que los llenes de yoquieroquetú. Una obra es un lago. Hay que irse adentrando. Hay quien llega a la otra orilla. Hay quien no», así lo decía en la entrevista con Katherine Perzant.

El artista nacido en Bejucal, cerca del Cacahual, dice no ser director, pero sí creérselo. Desde la primaria se dedicaba a dramatizar frases en las clases de español. Buscaba al final de los libros una obra para ser representada y fue feliz cuando organizó algo, también lo fue con su microuniverso de títeres. Desde entonces se ha pasado la vida cargando cosas para el teatro.

Las amargas lágrimas de Petra von Kant, Anna y Martha, Noche de reyes, Fedra, La puta respetuosa, Fresa y Chocolate, Las Brujas de Salem, todas forman parte de una larga lista a cargo de su creatividad y de quienes lo acompañan en el empeño de concebir una puesta en escena.

Carlos Díaz tiene ciertas preferencias, el verde por ejemplo y el olivo como árbol. No imagina la vida, su vida de 65 años, sin aceitunas y lo dice con la misma seguridad que afirma: «No hay nada mejor que un tamal con hojas de plátano», un sabor mixto, travestido.

Le gustan las mujeres fuertes, Abigail Williams en Las Brujas de Salem, Mary Tyrone en El largo viaje de un día hacía la noche, Fedra, todas mujeres tormentosas. Sus actores, no tienen que serlo en cuerpo, sino en alma. Puede que dirija la sesión de espiritismo que es actuar, las moldee a imagen y semejanza de una Isla tormentosa y espectacular como ellas. Sin embargo, él también las lleva dentro.