Versiones y adaptaciones: reflexiones a retomar

Versiones y adaptaciones: reflexiones a retomar

  • La película italo-británica Romeo y Julieta es una excelente adaptación al cine del original teatral del inmortal inglés William Shakespeare. Foto tomada de Internet
    La película italo-británica Romeo y Julieta es una excelente adaptación al cine del original teatral del inmortal inglés William Shakespeare. Foto tomada de Internet

Lamentablemente, no siempre el discurrir del tiempo implica evolución; es triste a estas alturas, escuchar colegas que se han dedicado a especializarse casi exclusivamente en el cine (aunque el cine es de esos fenómenos que por definición, no permite el adverbio “exclusivamente”, y sin desdorar otras incursiones más afortunadas en el cine de estos mismos colegas), que induzcan incluso en sus estudiantes a enfocar las adaptaciones al cine de obras literarias o teatrales, y aún conceptuando correctamente la adaptación, y sin embargo, al introducir necesariamente el término versión, no lo conceptúan pues los igualan como sinónimos: “es lo mismo”, concluyen; así, de contundentemente simplista.

Es tópico sobre el que ya parecía haberse labrado lo suficiente mediante los medios de difusión masiva en la educación al respecto de todo el pueblo, al menos en Cuba; en nuestra televisión, el cine queda entre lo más privilegiado, hasta con espacios reflexivos de mayor o menor alcance y rigor, pero ya tradicionales. Sin embargo, resurge ahora como del analfabetismo audiovisual.

No se duda de las relaciones y hasta confluencias que pueda haber entre unas y otras; sin embargo, queda claro que la película italo-británica Romeo y Julieta (1968, dirigida por el italiano Zefirelli, décadas después de la que dirigió el estadounidense George Cukor en 1936) es una excelente adaptación al cine del original teatral del inmortal inglés William Shakespeare (s.XVI-XVII) clásico de todos los tiempos siempre vigente, mientras que su precedente la cinta estadounidense West Side Story (1961, dirigido por Robert Wise y Jerome Robbins a partir del Broadway que compuso para las tablas Leonard Bernstein y con su misma música y coreografías de Robbins), son geniales versiones de la misma obra a la escena musical y de aquí, al cine; otra versión singular es la del australiano Baz Luhrmann con Leonardo di Caprio y Claire Danes en 1996.

Versiones del mismo original en otras artes son la sinfonía del francés Berlioz en 1839, la ópera del francés Gounod en 1867, la “obertura-fantasía” del ruso Chaikovski en 1869, el ballet del ruso Prokofiev en 1934 derivando tres suites y diversas obras para piano, y de este, su versión británica de MacMillan (1965).

La adaptación adapta de un soporte o lenguaje expresivo a otro, léase de la literatura al cine o al teatro, o también (ejemplos hay) viceversa. Sin embargo, y sin la menor intención de conceptuar ahora mismo, la versión es mucho más otra obra, que siempre lo es, pero no solo por los recursos expresivos a los que se adapta. Una adaptación puede en efecto, ser fiel al original en esencia y no en apariencia, o en apariencia y no en esencia, o ambos a un tiempo o ninguno de los dos, al margen del debate de su alcance y aportes; fidelidad que podría valorarse igualmente si de versiones se trata, pero eso dista mucho de desdibujar los claros matices que identifican una versión de una adaptación.

“Adaptar” (de raíz latina) se reconoce oficialmente por el Diccionario Real de la Academia Española como “Acomodar, ajustar algo a otra cosa”; “Hacer que un objeto o mecanismo desempeñe funciones distintas de aquellas para las que fue construido”; “Modificar una obra científica, literaria, musical, etc., para que pueda difundirse entre público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma diferente de la original”; “Dicho de una persona: Acomodarse, avenirse a diversas circunstancias, condiciones, etc.” y en términos biológicos, “Dicho de un ser vivo: Acomodarse a las condiciones de su entorno.”

Por su parte “versión” (también de raíz latina: tornar, volver) en términos de traducción se entiende como “acción y efecto de traducir”, y en términos médicos, “operación para cambiar la postura del feto que se presenta mal para el parto”; más allá, versión es el “Modo que tiene cada uno de referir un mismo suceso”; y/o “Cada una de las formas que adopta la relación de un suceso, el texto de una obra o la interpretación de un tema”. No son sinónimos, aunque ocasionalmente y según el contexto, algunos autores los usen indistintamente.

La novela Los Miserables del francés Víctor Hugo (1862) fue adaptada al cine al menos siete veces entre 1934 y 1998, con más o menos aciertos, pero el musical homónimo del francés Schönberg (1980) es una fiel versión, adaptada al cine magistralmente en 2012 por el inglés Tom Hooper; obras que al margen de su inspiración original, alcanzan su propio sello distintivo, del que no se excluyen muchas adaptaciones.

Valoraciones similares cabrían desde el Carmen literario del francés Prosper Mérimée (1852, inspirado en un poema del ruso Pushkin de 1824) y su versión operática del francés Bizet (1875) luego adaptada a algunos ballets y de estos al cine, y de nuevo en versión fílmica de Estados Unidos con Harry Belafonte y Dorothy Dandridge dirigidos por Otto Preminger, en años de tanto racismo contra el que devino símbolo, como 1943 su Broadway, y 1954 la película.

Dudaría mucho que el reguetón cubano sobre la Caperucita roja de Baby Lores lo creyeran una adaptación, ni tampoco sus tratamientos tradicionales de esta misma obra secular supuestamente infantil pero en la pornografía, cuando al margen de la calidad, constituyen obviamente versiones con recursos totalmente propios; quizás esta última palabra ayude mucho a entender en la actual postmodernidad, que tanto se identifica por las apropiaciones de clásicos de las artes universales de todos los tiempos, y no son adaptaciones, sino versiones, más regidas desde la inspiración a nuevas obras (mejores, peores o simplemente, distintas, en lo que al menos ya son aportes novedosos) que por la necesidad de adaptarse de un soporte a otro para nuevos mensajes y públicos, en este caso, del arte solitario que es la lectura en complicidad con el lector, a la creación colectiva que es el cine para su público masivo.