Sergio Pitol, ser en el mundo

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Sergio Pitol, ser en el mundo

  • Miguel Barnet, Nancy Morejón y Pitol durante la entrega del Premio Internacional Dulce María Loynaz que le otorgara la UNEAC en el 2012. Foto tomada de Internet
    Miguel Barnet, Nancy Morejón y Pitol durante la entrega del Premio Internacional Dulce María Loynaz que le otorgara la UNEAC en el 2012. Foto tomada de Internet

                                                                               A Orlando Castellanos, in memorian

 

Con este título convocó a la lectura uno de los llamados de portada del número seis de La Gaceta de Cuba (dos veces “ser” por lo de Sergio —protector o guardián, según reza su raíz en latín— y su existencia), número correspondiente al ya lejano noviembre-diciembre de 1995, y que contiene en sus páginas de la 50 a la 55 un pequeño dosier a propósito de la breve escala que en septiembre efectuara Pitol en La Habana. Él, una de esas personas de las que pudiera decirse que, a pesar de su timidez, provocaba afinidades y facilitaba el surgimiento de amistades, nos visitó en el tibio preludio del otoño habanero gracias a los buenos oficios de sus compatriotas y colegas, los apreciados amigos Gonzalo Celorio y Hernán Lara Zabala, que junto a otro fraterno el entonces agregado cultural azteca Miguel Díaz Reinoso, tanto hicieron durante años por propiciar un generoso intercambio entre la literatura y la cultura mexicano-cubana.

El dosier en cuestión contenía fragmentos de uno de los textos recientes por entonces del veracruzano, “Dos semanas con Thomas Mann”, un acercamiento intenso al autor alemán, donde a su vez el mexicano devela claves de sus aventuras literarias, como cuando recuerda —gracias a la admiración compartida por el autor del Doktor Faustus, su conocimiento del polaco Jerzy Andrzejewski del que tradujera de forma  inolvidable esa pequeña joya que es Las puertas del paraíso, traducción que gracias a él conservo. De las palabras que cita de su admirado Mann me detengo en este apunte: “Deseo morir. ¿Hasta cuándo podré resistir? (…) no tengo ningún deseo de vivir. Quiero morir”. Tal vez ese fue el pensamiento que le invadió cuando veinte años después en su querida Jalapa, aquejado en los últimos años de un deterioro físico que lo fue alejando de una vida plena, se fue apagando su voluntad de guardián del idioma.

Al buen amigo y excelente entrevistador que fue Orlando Castellanos le encargué, con premura implacable, una entrevista que, por lo muy breve de la visita y lo amplio de la obra del visitante como narrador, ensayista, traductor, compilador, viajero, hombre integral de la cultura, constituía un desafío que solo un profesional como Orlando podía llevar a feliz puerto, como así fue en esa pieza de excelente periodismo que es “Sergio Pitol, en primera persona”. Con una medular introducción nos regala un monólogo del intelectual que mereciera a lo largo de su vida innumerables premios y reconocimientos, como el Xavier Villaurrutia, el Juan Rulfo, el Cervantes, y el Premio Internacional Dulce María Loynaz que le otorgara la UNEAC en el 2012, por estar “entre los grandes escritores de la lengua española”, como expresó en esa oportunidad la poeta Nancy Morejón, al reconocerlo a nombre de la institución, evocando como su infancia transcurrió en un ingenio azucarero de Veracruz, tierra tan afín a Cuba.

Él se reconocía como “un veracruzano, nacido por casualidad en Puebla”, y cuando establecí una relación temporal con él disfruté que entre sus primeras lecturas tuviera las de mi favoritismo como Verne, Twain y Stevenson, aunque ya de muy joven sus preferencias fueron tan ambiciosas que él mismo diría en la citada entrevista, “a los doce años mi mundo de lectura era, de cierta forma, bastante insoportable”, a esa edad, como botón de muestra, se sumergía en Dickens o había terminado de leer La guerra y la paz. Entre sus primeros maestros reconoce a Don Manuel Pedroso, un español nacido en Cuba, algo que había descubierto por entonces y que quería compartir —citado en el mencionado diálogo con Castellanos— con sus lectores cubanos como una novedad que establecía puentes. En este soliloquio provocado por su entrevistador nos deja lecciones y verdades como puño cuando declara que “(…) aunque no se escriba durante semanas, uno es escritor porque está siempre mirando cosas, oyendo voces, repasando temas”, o “nada que no se sostenga en la tradición puede resistir el paso del tiempo. Este ha sido parte de mi ideario, de mi poética”.

En ese encuentro de hace veintitantos años me regaló varios de sus libros, con dedicatorias que van desde la calidez en el ejemplar de uno de sus títulos imprescindibles como es la novela El Tañido de la flauta: “Para Norberto Codina, con el afecto de un amigo alucinado por La Habana. Con un abrazo…” y el trazo nervioso que era su firma, fechado en La Habana, septiembre de 1995; pasando por el volumen que le consagraran sus estudiosos como Tiempo cerrado, tiempo abierto. Sergio Pitol ante la crítica, del cual se burla cuando me escribe en la portadilla “…este libro del que no soy responsable…”, hasta la mínima de “Para Norberto, un abrazo…”, del cuaderno El asedio del fuego, que con prólogo de Juan Villoro nos brinda la UNAM en su colección Material de lectura. Unas semanas después de vernos en la capital cubana coincidí con su gran amiga Elena Poniatowska en la Feria del Libro Mexicano que tenía lugar en San Antonio, Texas, y al citarle mis charlas recientes con Pitol, la  Poniatowska hizo un alto en su agitada agenda para compartir conmigo su gran cariño y admiración por él, quien a su vez con afecto recíproco en alguna ocasión confesó que “intento escribir una nota brevísima que capture la personalidad de Elena…”.

Con Pitol me vería otra vez en los pasillos de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2002, feria dedicada a Cuba. Pero la timidez de ambos, la vorágine del evento, hizo que apenas dialogáramos sucintamente, intercambiando fugaces saludos, nada que ver con aquellas cordiales horas de parrafadas habaneras. Cuando regresó a Cuba en 2012,  ya como el premio Cervantes y toda el reconocimiento que le correspondía, para ser congratulado por la Casa de las Américas y la UNEAC, y asistir a la presentación de su libro El arte de la fuga ante una concurrencia que según consta en la prensa de ese día “desafió la incesante lluvia”, no lo llegue a verlo nuevamente.

La invitación de entonces del ensayista Jorge Fornet de leer a Sergio Pitol reconociendo que “ofrece una visión desenfocada que nos hace ver más allá de lo evidente”, dentro de otra práctica como si fuera un escritor cubano, ya que “la casi nula publicación de sus textos entre nosotros y sus visitas de incógnito a la Isla nos hacen perder de vista que la presencia cubana en su obra es más notable de lo que parece”, cobra ante su muerte una nueva vigencia entre nosotros.

“Descubrí en 1952 a Borges (…) Creo que el mayor descubrimiento de una prosa fue ése. Parecía otro idioma. Nunca había conocido tal maravilla”. Hay una definición muy borgiana suya —producto de esa cátedra—, cuando en el 2010, en una entrevista con La Jornada, dijo “me aventuro a decir que soy los libros que he leído, la pintura que he visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas”. Y en esa misma encuesta nos regala un perfil  a través del cual prefiero recordarlo: “Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos triunfos, bastante fastidio. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempo, adicciones y credos diferentes”.

Tal vez por el sustrato memorístico que sus críticos le reconocieron sea tan legítimo esta arte poética que nos legó “Soy un hijo de todo lo visto y lo soñado, de lo que amo y aborrezco, pero aún más ampliamente de la lectura, desde la más prestigiosa a la casi deleznable... Escribir ha sido para mí, si se me permite emplear la expresión de Bajtin, dejar un testimonio personal de la mutación constante del mundo”, y regresamos entonces a La Gaceta de Cuba y aquel llamado de  cubierta — “ser en el mundo” — que publicamos como justo reconocimiento en el ahora lejano 1995.   

                                                                             El Vedado, 24 de abril de 2018.