La escritura y la herejía. Algo entre Nabokov y Pedro Juan

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La escritura y la herejía. Algo entre Nabokov y Pedro Juan

  • Portada del texto Fabián y el caos, editorial Anagrama. Foto tomada de Internet
    Portada del texto Fabián y el caos, editorial Anagrama. Foto tomada de Internet

A propósito de Fabián y el caos (1)

¿La corrección de los valores sociales establecidos en la escritura, lo llamado “políticamente correcto”  es una nueva forma de censura que impide explorar los claroscuros del alma? Esta antigua polémica ha ganado actualidad con los debates y las denuncias que han comprometido, sobre todo, al mundo cinematográfico norteamericano, y que ha tenido repercusión en otros espacios como el académico.

A más de seis décadas de publicarse Lolita, la controversial y canónica novela de Vladimir Nabokov, esta sigue dando que hablar, y las causas no dejan de ser extra literarias. Nabokov, incomodo hace años por la promoción y lectura reduccionista de su obra maestra, estableció su discrepancia con los estereotipos que le endosaron al personaje: “Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña que corrompen (...) el personaje de la nínfula que yo inventé en 1955 ha sufrido entre el gran público. No solo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado por ilustraciones en publicaciones extranjeras (...). Representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro”. Una leyenda satanizada.

Lolita se publicó por primera vez en Olimpia Press, editorial francesa considerara en su época pornográfica por algunos títulos de su catálogo. Todos los editores con los que  intentó negociar antes su autor lo rechazaron, incluyendo casas norteamericanas de prestigio. Según el mismo Nabokov su temática era tabú para una sociedad conservadora como era la de su patria adoptiva. Gracias a la gestión de Graham Greene, quien exploró a su vez en sus textos la política y lo moralmente ambiguo, se pudo publicar en Inglaterra, país que había prohibido la edición príncipe. Tal vez uno de los vasos comunicantes entre el escritor ruso- estadounidense y el pinareño-matancero es el homenaje del último a Greene en  Nuestro G.G. en La Habana.

Otro y muy importante es la Editorial Anagrama. El sello fundado por Jorge Herralde publicó por primera vez en 1986 Lolita, en una traducción de Enrique Pezzoni —firmada como Enrique Tejedor— donde no se incluyen los fragmentos censurados por la dictadura argentina en su versión al español. Pezzoni utilizó el seudónimo debido a que se desempeñaba como profesor en un colegio secundario y podía ser cesanteado si lo reconocían como traductor de una novela referida a la sexualidad adolescente. En 2003 una nueva traducción de Francesc Roca reivindicó el original.

Anagrama y el editor Herralde tienen a su vez entre los méritos de su dilatado expediente como promotores de la literatura universal el haber colocado en los circuitos internacionales la  obra de Pedro Juan Gutiérrez, y con legítima razón se vanaglorian de haber publicado completo lo que han dado en llamar su “Ciclo de Centro Habana”. A partir de la seminal Trilogía sucia de La Habana, han divulgado varias ediciones de los cinco volúmenes que integran dicho período narrativo. A ello se suman otros títulos que partiendo del narrador-personaje, el Pedro Juan alter ego de Pedro Juan, han llegado hasta una pieza de indiscutible madurez como es Fabián y el caos. Con marcado sello autobiográfico unas confesiones que replican a la vez de manera soterrada y visceral—, algo común en la poesía y la prosa del escritor pero que aquí se refuerza en un discurso de ribetes testimoniales, en la Matanzas de sus vivencias formativas, con el fervor y la candidez de los dos jóvenes protagonistas que por diferentes se complementan y se imbrican como reza en la cita inicial en un discurso que sobrevuela, en su drama e incertidumbre, como “un hilo de sangre…”.        

Soy testigo en la terraza de mi casa, en encuentros esparcidos por el tiempo y el ron, como el autor y el cofrade común Armandito Fernández  su condiscípulo de aquella adolescencia matancera han rememorado algunos pasajes de su juventud y de amigos de entonces como Fabio Hernández, al que con justicia está dedicado el libro. Desde el primer párrafo la novela tiene el recurso de atrapar al lector: “Fabián empezó a escuchar la música del piano cuando aún era un feto flotando en el vientre de su madre. Día tras día. Nunca lo supo, pero aquellas canciones infantiles tan simples quedaron grabadas en el subconsciente para el resto de su vida”. Este episodio comenzado en el claustro amniótico me recuerda la precocidad iluminada del Óscar Matzerath de El tambor de hojalata, y al Gunter Grass que Pedro Juan conoció y entrevistó cuando el futuro premio nobel visitara La Habana de los 90, en pleno conflicto de los sinsabores de lo que eufemísticamente se llamó “período especial”.

Como escribí en otra ocasión sobre la narrativa del autor de  El Rey de La Habana, el azar y el destino en sus personajes, en los que el paisaje y el contexto se diluyen, lo lleva a recrear un tiempo reiterativo dejándonos la impresión de la incertidumbre del próximo minuto, donde cada cual improvisa donde se encuentra y cómo sobrevive. Para ellos, como un reclamo o un grito, la existencia es absurda. El narrador nos coloca frente a la imprecación, serena y amarga, de esta historia en que deambulan sus protagonistas contra la vida y sus imperativos.

A la lista de preferencias y afinidades literarias de Pedro, donde me constan Kafka, Cortázar,  Carpentier, Bukowsky,  Miller, Carver, Salinger, Caldwell…, me gustaría agregar a Vladimir Nabokov. Para todos ellos es válido lo que escribiera con claridad meridiana Carpentier: “imposible aceptar imputación de inmoralidad hecha a ciertas obras cuya osadía consiste en pintar duramente, crudamente, ciertas realidades que nuestra hipocresía quisiera silenciar… al hombre hay que seguirlo, incansablemente en sus cumbres y tinieblas… en sus ascensiones… en sus caídas…”

Sus seres irrumpen en la historia como los antihéroes que son, “en la vidita de los márgenes y estancias”, como comenté sobre otro raro de nuestras letras, el entrañable Miguel Collazo. Ellos recrean a los olvidados, los muertos, los vencidos, las minorías de género, racial, económicas… Pues en las crónicas oficiales “nunca tienen la razón”.

Escritura provocadora y sediciosa por naturaleza pero amasada por el tiempo, Fabián y el caos está fechada en su última página en “La Habana, 2014”, justo a dos siglos de la muerte de un hereje emblemático, el Marqués de Sade, cuya obra influyera de manera decisiva en intelectuales transgresores como Georges Bataille que exorcizaron  a los demonios de “la literatura y el mal”. Sade escribió en Justine o los infortunios de la virtud (2): “el pudor es una quimera, resultado únicamente de las costumbres y de la educación, es lo que se llama un hábito: si la naturaleza ha creado al hombre y a la mujer desnudos, es imposible que al mismo tiempo les haya infundido aversión o vergüenza por aparecer de tal forma”.

 

                                                                                El Vedado, marzo de 2018

NOTAS

(1) Pedro Juan Gutiérrez. Fabián y el caos (Ediciones Unión, 2017).

(2) Ariel González Jiménez: "Sade: del manicomio al museo", Revista de la Universidad de México, no. 130, diciembre, 2014, pp. 24-29.