El pirata y la abadesa

NATURAL DE CAIBARIÉN

El pirata y la abadesa

  • Caibarién, pueblo natal del autor. Foto tomada de Internet
    Caibarién, pueblo natal del autor. Foto tomada de Internet

Cuando una persona ya tiene cierta edad, tiene también, por supuesto, muchos recuerdos, algunos se olvidan, pero otros un día aparecen en la memoria intempestivamente. Y algo de eso me sucedió y quiero contárselos,

Los que me conocen saben que soy de Caibarién un puerto pesquero del centro norte del país, que alguna vez fue también un importante puerto comercial, (se dice que era el puerto más cercano a los puertos del sur de La Florida), pero hoy no lo es por razones obvias para todos.

Soy nieto de pescadores, sobrino de pescadores e hijo de pescadores, y hubiera sido quizás un pescador más si no llega a triunfar la Revolución.

Pero esa misma circunstancia hizo que yo desconociera por completo el trabajo agrícola.

La caña de azúcar la había visto solo en la guarapera de la esquina de casa, donde Valentín la introducía entre los rodillos y salía el dulce guarapo.

Pero por circunstancias de la vida y el propio proceso que vivimos hace cincuenta y nueve años en la Isla, un día me vi al frente de un grupo de cortadores de caña, trabajando para un centro de acopio, maquinaria nueva entonces, en una zona limítrofe entre la antigua provincia de Las Villas y Camagüey, cuyo nombre no me acuerdo, y quizás no quiera acordarme.

Yo no sabía cortar caña, alguna vez había ido un día a un trabajo voluntario en el cañaveral, pero hasta ahí, y aquí era trabajar diariamente para la zafra azucarera.

La estrategia que seguí fue buscar al mejor machetero del grupo y pedirle que fuera mi compañero de labor. Lentamente fui aprendiendo con él aquel infernal trabajo, y mucho que me ayudó cortando y adelantándome mis surcos cuando andaba muy cansado. Les juro que al terminar los dos surcos me tiraba boca abajo en la paja de caña y quería que la tierra me tragara.

Y una tarde me avisan que tenía que llevar a mi gente esa noche a las ocho al batey de un central cercano, porque iba a actuar un grupo de teatro. ¡Para grupos de teatros nocturnos andaba!, pero no quedó más remedio, y luego de comer nos fuimos en una carreta tirada por un tractor.

Siempre me ha gustado el teatro, y hasta una vez en Caibarién fui asesor literario de un grupo de teatro que montó “Diecisiete vagones de algodón” de Tennesse Williams, pero ahora no estaba ni para Shakespeaare.

Bueno, llegamos, había un escenario bien rústico, al aire libre, y un cartel que anunciaba “El pirata y la abadesa” de José Ramón Brene. Como que conocía un poco la obra de Brene y su sentido del humor, pensé que quizás la pasáramos bien, pero realmente lo que sucedió luego no tiene parangón en la suma de mis recuerdos teatrales.

En la obra un grupo de piratas irrumpe en un convento de monjas lanzando maldiciones e improperios. Uno de los personajes era un “loro” sentado en un aro, que gritaba: “dispárenle por el trasero a los filibusteros que huyen”, y ahí empezaron las risas. Pero ya al final si el humor fue de campeonato, las monjas se aglomeran todas en el medio de la escena y aparece el capitán pirata y le grita a sus facinerosos: ¡A ver muchachos, a violar a todas las monjas! Y enseguida sale una monjita muy joven y grita implorando desgarradoramente: ¡A la madre superiora no!, ¡A la madre superiora no!

Y rápidamente aparece la madre superiora que manda a callar a la muchacha con un gesto mientras exclama: ¡Él dijo a todas!, ¡Él dijo a todas!