El ciruelón de papá

NATURAL DE CAIBARIÉN

El ciruelón de papá

  • Ya desde el año 62 los soldados soviéticos nos habían enseñado a usar el alcohol etílico que se vendía en las farmacias con el nombre de Alcoélite. Foto tomada de Cubasí
    Ya desde el año 62 los soldados soviéticos nos habían enseñado a usar el alcohol etílico que se vendía en las farmacias con el nombre de Alcoélite. Foto tomada de Cubasí

Haciendo un poco de historia recuerdo que en la década del setenta hubo una buena escasez de ron, y la gente empezó a inventar y a construir serpentines caseros para destilar azúcar y jugos de frutas y obtener alcohol etílico.

Ya desde el año 62 los soldados soviéticos, que vinieron con los cohetes que dieron lugar a la Crisis de Octubre, nos habían enseñado a usar el alcohol etílico que se vendía en las farmacias con el nombre de Alcoélite, y se usaba para curar heridas e inyectar. Costaba una botella entera solo unos centavos, y  según la técnica soviética nos proporcionaba dos botellas de algo que algún jodedor cubano bautizó como walfarina, que en realidad era un fármaco que se usaba para eliminar ratones en las ciudades y pueblos.

El asunto era usar mitad de alcohol etílico, (si te equivocabas y usabas metílico podías hasta perder la vida), con mitad de agua y ya está, listo para beber luego de dejarlo refrescar, porque se entibiaba al mezclarlo, (el metílico, en cambio, se enfriaba).

En esta época de escasez de bebidas espirituosas pasaron varias cosas al respecto, algunas simpáticas y otras no tanto.

Recuerdo que una vez conseguí una botella de buen ron. Vivía entonces en Caibarién y mi hermano David en Santa Clara, pero venía casi todos los fines de semana, y tomé la botella, la envolví en un periódico, (todavía no sé por qué lo hice), y la puse detrás de una mesita de noche en mi cuarto. El sábado, cuando llegó mi hermano, eufórico, como siempre he sido, agarré la botella para mostrársela y me quedé con el periódico en la mano. La perreta que agarré hizo que mi pobre hermano gastara una buena cantidad comprando otro mejunje que sabía horrible.

Otra anécdota fue una vez que andábamos pescando un grupo de amigos, y llevábamos un buen jarro de walfarina con hielo, un poco de azúcar, y limón, una suerte de mojito, y de buenas a primeras vino una gran ola que nos bañó a todos, y lo peor fue que un poco cayó dentro del jarro. Cuando alguien fue a botar el líquido por la borda, otro dijo de probarlo, y al hacerlo le gustó. Todos probamos y vimos que un poco de sal le venía bien al mejunje, que a partir de entonces fue bautizado como “Perth Arthur al naufragio”.

La tercera anécdota fue más impresionante. Resulta que mi papá inventó un licor que se hacía con walfarina y ciruelas pasas, que entonces se conseguían en el mercado, hoy ni pensarlo, y las dejaba reposar, “añejar”, decía él y a los días la walfarina tomaba un color, un olor y un sabor exquisito. Y un buen día me toca ir a pelear en la guerra de Angola, era en los primeros meses de 1976, y cuando me estoy descomidiendo de mi familia, todos tratando de no entristecernos, miro para un rincón del cuarto de los viejos y veo que hay seis botellas llenas de ciruelón, y por decir algo le digo al viejo: Viejo, guarda esas seis botellas de ciruelón, que cuando vuelva nos las vamos a beber juntos. Y entonces saltó la realidad por encima de la fantasía, y le agregué: Y si me matan, tíralas al mar en el muelle Amarillo. Y aparecieron las lágrimas en mi retirada.

El Viejo no tocó las botellas, Estuve casi un año en la provincia de Cabinda, Angola, y cuando volví, ya me esperaba con la primera botella abierta. Y entonces empezó la fiesta y la alegría.

Y hoy amanecí recordándolo todo, como si hubiera sido ayer.