El Zumba, un sociólogo de ampanga

El Zumba, un sociólogo de ampanga

  • No fue el suyo un humorismo de risita epidérmica, mensaje vacuo, baladí autonomía de vuelo. No, era la risa teñida de indignación y tristeza. Foto tomada de Internet
    No fue el suyo un humorismo de risita epidérmica, mensaje vacuo, baladí autonomía de vuelo. No, era la risa teñida de indignación y tristeza. Foto tomada de Internet

El hombre que no es capaz de reír no sólo está dispuesto a la traición, las estratagemas y el saqueo, sino que su vida entera es, de por sí, una traición, una estratagema".

         Thomas Carlyle, pensador escocés, 1795-1881.

En la redacción de la revista Sol y Son, todos los días se comentaba: “El Zumba desayuna un litro de vinagre. Después, se machaca un testículo entre dos ladrillos. Sólo entonces está listo para salir a la calle”.

Sí, ya estaba dispuesto para partir, espada al cinto y lanza en ristre, a lidiar contra las cojeras de su país, esa patria que tantísimo amó.

No fue el suyo un humorismo de risita epidérmica, mensaje vacuo, baladí autonomía de vuelo. No, era la risa teñida de indignación y tristeza. (Según Pío Baroja, “El niño ríe por alegría; es el primer escalón. El humorismo ríe con tristeza; es el último escalón. Aurora y crepúsculo”.).

Héctor Zumbado Argueta (La Habana, 1932 – id., 2016) es el autor de enjundiosos textos de sociología, lectura ineludible para los matriculados en la Universidad de la Calle de la Muy Fiel y Jodedora Isla de Cuba.

Él, titánicamente —a pesar de sus poco hercúleas espaldas—, cargó con la hazaña de edificar una tipología social cubana.

Ahí tiene usted, por ejemplo, al chapucio. “Las manos rígidas, como de barro seco. Los dedos engarrotados, inflexibles, duros. Y el cerebro recubierto por una fina película de hollín [...]  cuando pega un sello a un sobre la goma se queda toda embarrada alrededor del sello. Es el pegote, la chapucería inconfundible [...]  es de esa gente que estruja flores  cuando camina por el césped, derrama el yogur y si intenta, románticamente, desvestir a una mujer, le rompe el ajustador”. (1)

En la tipología sociológica zumbadesca, llega el snoboide. “…es un gallo pintoresco que ronda, flota, girovaga, por los círculos artísticos-culturales [...]  está seguro de que ciertos atributos exteriores son indispensables en la labor creativa [...]  ‘sabe’ que Hemingway, sin la ayuda de la barba y de los shorts bermuda, nunca habría dado pie con bola con El viejo y el mar”. (2)

La galería ahora nos depara al tracatán (el subalterno servil, muy cercano al guataca, al chicharrón, al michelín). “Lo mismo parquea un automóvil que coordina una recepción. Cuela café y organiza una conferencia de prensa. Se desdobla en animador  de actos artístico-culturales y resuelve cigarros. Hace una colecta para una corona y explica una orientación. Redacta un memo y pone una zapatilla. [...] El carácter del tracatán  [...] es suave y arcilloso, amoldable y plastilínico”.  (3)

Hermanos, que toquen los clarines. Sí, porque en este lastimoso desfile asoma su cara huidiza un personaje que mereció de El Zumba el más fidedigno retrato, la más concienzuda vivisección: el sinflictivo. “Claro, todos conocemos al conflictivo. Descarga, se busca rollos plantea problemas – a veces con razón, a veces sin--, motiva la polémica, genera discusión, replantea valores, sacude el óxido. [...] El que no tiene perdón es el otro. [...] …es un gallo en el que predominan atributos tan incoloros como la indiferencia, la inacción, la inapetencia, la displicencia, el desgano y la sanguanguería. El sinflictivo es eso. El acomodamiento pasivo y sabrosón. No se mete en nada. Nunca se busca una galleta. [...] Por eso el burocratismo se nutre, se alimenta, se pone gordo y colorao con los sinflictivos”. (4)

Agresivo que era Héctor… ¿no es verdad?

No obstante, de vez en cuando, como en un suspiro, se le escapaba un hálito de ternura. Y vaya, como cierre, una anécdota que ilustra lo dicho.

Él era vástago de una prominente familia centroamericana. Dejó atrás el credo político del clan, pero conservó las llamadas buenas maneras.

Jamás le escuché lo que denominan como una mala palabra.

La aguerrida tropa que durante años lo rodeamos, éramos mal hablados (y pésimamente gesticulados). Claro está que a nosotros nos empezó a escocer  su limpidez lexical.

De manera que lo acosamos, casi lo llevamos al potro del martirio, por su habla pulcra.

Él, con el rostro iluminado por la sonrisa que sólo les he dada a los sabios, comentó:

—Muchachos, yo me muevo entre sus obscenidades sin sonrojarme. Pero pienso que han de tener su lugar oportuno. ¿Un ejemplo? Pues no me imagino que a alguien se le escape de las manos una olla de presión llena de frijoles negros, le caiga sobre el dedo gordo de un pie, y el lesionado exclame: “¡Extraordinario!”.

NOTAS:

(1) H. Zumbado: Limonada. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1979. Pp. 43-45.

(2) Op. cit., pp. 66-69.

(3) Op. cit., pp. 18-31.

(4) Op. cit., pp. 101-104.